Cuando llegué a la plaza, Agustín ya estaba sentado en el pasto al lado de su bici. En el lugar en donde nos encontramos siempre.
Cuando me vio, se levantó y me dijo:
- Hola, Lu ¡Qué lindo verte!
Lo miré sorprendida, y pensé si se habría olvidado de que fue él quien me citó en la plaza para charlar.
- Hola, Agus -le dije-. ¿Cómo estás?
Se acercó hasta donde había unas flores, y me trajo una margarita de regalo. Yo agarré la flor, y le di un beso gigante en la mejilla. Me sentía tan feliz. Él se puso un poco colorado, y no té como que yo también me ponía colorada.
- Gracias, Agus -le dije-. Me encantan las margaritas.
Le mentí: las margaritas no me gustan mucho. Me empezaron a gustar a partir de esa tarde.
- ¿Qué es lo que tanto te preocupa, Agus? - le dije, sentada al lado de él en el pasto.
- Es una larga historia, Lu.
Y me contó que el otro día..
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